

Y'a d'la joie !
de Charles Trenet.
En respuesta a la convocatoria del Congreso, empiezo a escribir con este primer título: «Pequeño ensayo sobre la alegría». Quería hablar de la alegría en el psicoanálisis. Al acercarse la fecha límite para enviar las contribuciones al Blog, me queda por elegir una sección. DESAFINADO me parece la única en la que puedo encajar. ¡Me sorprende! Entonces aparece, como un Witz, "Y'a d'la joie" –hay alegría–, la canción de Charles Trenet, ¡y me echo a reír! Desafinado: es una canción "desafinada" para mí. No puedo decir mucho más. La risa surge de lo que, en el inconsciente, no tiene palabras para expresarse. Me doy cuenta de que atraviesa todo mi texto.
En Y'a d'la joie, Charles Trenet no sabe qué esconde esa alegría, pero la siente y canta: ¡Hay! –Y'a !–. La alegría de la que hablo implica un conocimiento de ese "no hay" de estructura y hace resonar el "Hay" ––Y'a– de la canción de Charles Trenet.
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¿Cómo no mencionar la queja recurrente de las analizantes sobre su vida de pareja? Y, a veces, la irrupción de un movimiento, ¡saludado con una risa!
Así, una de ellas está fascinada por una pareja de amigos. Él es brillante y muy atento con ella. Sin embargo, ella nota que quieren mantener su relación en secreto, pero constantemente demuestran su armonía. Entonces se ríe y añade: "¡Yo, en mi pareja, no hay un solo día en el que no tenga que arreglar las cosas!".
Atrapada en esta fascinación, enumera sus propios compromisos, marcados por el fracaso, mientras aspira a una relación directa con su deseo, pero vuelve sin cesar a la imagen ideal de esta pareja.
Destaco la pregnancia de esta fascinación.
Silencio… Después, ella califica su relación como "significativa, pero agitada".
Asiento: "¡Eso es!".
A continuación, precisa la importancia de esta relación, que siempre hay que reinventar… Se produce un silencio.
Le hago notar: "Usted sabe algo que ellos no saben".
Largo silencio.
Me arriesgo: "Y le gustaría no saberlo".
Tras un silencio, suspira y responde: "Sí. Es cierto". ¡Y estalla la risa!
"No hay relación sexual". ¡Qué dolorosa es esta constatación! Cómo le gustaría creerlo, aún y encontrar la fusión salvadora incluso en los cuerpos: "la canción de siempre".1
Entonces, ¿qué hacer? Pues bien, "Inventar, inventar… ¡lo que se puede, claro!"2, dice Lacan.
Ese es el hilo sobre el que el parlêtre debe poner en juego sus dotes de funámbulo.
Es el amor lo que hace soportable esta disyunción inscrita hasta en los cuerpos. Pero, ¿qué decir del amor?
El amor es insaciable, no es promesa de una relación "que no hay".
¿Hay ahí un saber en juego?
Jugar con el amor es un primer paso frente a este abismo, pero a menudo en el desconocimiento de lo que lo causa. Jugar al "amor verdadero" es un paso más; es un amor que conoce su odio, ya que el odio apunta al "no hay". A menudo conduce a la impotencia.
Un paso más: un amor que conoce y acepta lo imposible de la relación.
Este saber "donde se capta lo que hay que aprender",3 dice Lacan en "El atolondradicho", da acceso a un nuevo enfoque del goce en la relación entre los sexos, el de un Otro goce, que divide a cada uno, "mientras que la unión permanece en el umbral".4
Entonces, ¿este paso no intenta "igualarse" a la estructura?
Este saber, aunque difícil de sostener, es también una fuerza. Bordea este abismo. ¿Es ahí donde se articula la alegría? Cuando el saber del sujeto, producto de la cura, se une al saber sobre la estructura, es ahí donde puede surgir la alegría.
Queda entonces por inventar… ¡aún!
[1] Trenet, C., Y'a d'la joie, Raoul Breton, 1938.
[2] Lacan, J., El Seminario, Libro 21, Los no incautos yerran, clase del 19 de febrero 1974, inédito.
[3] Lacan, J., "El atolondradicho", Otros Escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 491.
[4] Ibíd.


