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El tema que capturó mi interés surgió de una paciente de 13 años. Se trata de una plataforma llamada Character AI que ofrece una interfaz de chat en la que el usuario habla con una inteligencia artificial, cuya personalidad es predeterminada antes de iniciar la conversación. El propio usuario puede describir la personalidad de la "persona" con la que quiere conversar; incluso puede nombrar una celebridad, un personaje histórico, o elegir entre las opciones sugeridas por los programadores. El gran atractivo del chat reside en que la personalidad del chatbots se mantiene invariable durante toda la interacción. Esto crea la peculiar experiencia de conversar con alguien cuyo "sistema de pensamiento" –del cual surgen sus preguntas y respuestas– fue determinado por el emisor del mensaje. Por lo tanto, el interlocutor responde desde un lugar predeterminado y personalizado. Se trata entonces de la promesa de la comunicación perfecta, de la equivalencia entre lo que se dice y lo que se escucha, de hacer existir la relación sexual.
Esta plataforma tiene más de veinte millones de usuarios en todo el mundo, siendo Brasil el segundo país con mayor tráfico global, detrás de Estados Unidos. De los más de dos millones de usuarios en Brasil, la mayoría tiene entre 13 y 15 años. Por lo tanto, por más que la relación de la paciente con sus chatbots –que incluye un ejercicio de aproximación a la vida sexual– tenga sus singularidades para ser interpretadas en el análisis, podemos considerar que hay algo propio de la adolescencia actual que apela a ese producto para tratarlo.
La promesa de un encuentro con el otro sin grietas, expectativas, juicios ni malentendidos parece ser muy seductora. Y más aún, cuando se trata de la imitación del encuentro con el otro sexo y con la diferencia sexual.
Este encuentro, propio de la adolescencia, es el encuentro con la falta de un saber establecido que determine qué hacer en relación con el propio goce que se despierta como extraño. Podemos suponer que esto es lo que el adolescente busca en esas conversaciones con los robots: respuestas para ese desarraigo del goce en el cuerpo. Sin embargo, allí se presenta una paradoja: ¿cómo apoyarse para inventar sus soluciones de lenguaje, en una imitación de otro que –en tanto no tiene cuerpo– no experimenta goce y solo le devuelve al sujeto lo que él mismo emitió especularmente?
Se trata entonces de la comunicación perfecta, de la equivalencia entre lo que se dice y lo que se escucha, de hacer existir la relación sexual.
Si fuese posible abrir un espacio de separación entre el sujeto y "su robot", si eso tomara la dimensión lúdica de un juego, de una ficción pasible incluso de ser llevada al análisis, algo nuevo podría, tal vez, inventarse como respuesta ante lo imposible de la no relación.