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Ségolène Royal,1 declaraba en una entrevista reciente que, de algún modo, el capitalismo lo ha transformado todo en mercancía. La afirmación parece a primera vista convincente. Además, denuncia que en la época actual el cuerpo del niño es reducido a un objeto de comercio. Sin embargo, afirma sin rodeos que la naturaleza del hombre pertenece al orden animal, sosteniendo que adoptamos una actitud similar a la que se observa en la naturaleza.
En su libro, Pero ¿quién va a cuidar a los niños?, lamenta que los jóvenes estén ausentes del debate público y subraya que "la sociedad francesa ya no protege a estos jóvenes, los aísla, los infantiliza, los desanima, los silencia". Habla entonces de una "generación ansiosa", heredera de un mundo en mal estado: uno de cada diez niños tendría deseos de suicidarse.
Frente a este panorama su respuesta política se apoya en una metáfora educativa: gobernar un pueblo es como educar a un niño. Y más aún: presidir es amar como una madre ama a sus hijos, añadiendo que ese amor debe ser incondicional, como en el mundo animal. La relación aquí existe: se funda en el modelo biológico, en la asimilación de lo humano a lo animal. Sin embargo, al mismo tiempo que denuncia la mercantilización de la infancia y la exclusión de los jóvenes del debate público, ¿no reproduce su propio discurso una forma de forclusión del hablante-ser (parlêtre), al reducir lo humano a su dimensión biológica? ¿Y no hay, en esta reducción, una manera de negar la dignidad misma de la palabra?
En diez minutos de entrevista, Royal enuncia fórmulas sobre el sexo, sobre cómo gobernar y sobre la educación. Su "método Royal" propone incluso instaurar para los niños un derecho a la belleza, definido como un ideal de coherencia y un derecho fundamental: acceso a la despreocupación, a la tranquilidad, a la música. Añade: el primer signo de la depresión es la caída de la natalidad. Así, todo se articula en una lógica donde la función política, el amor materno y la reproducción biológica se enlazan sin resto. Pero entonces, ¿cómo hacer oír, a las orejas de la clase política, el "no hay relación sexual"? ¿Cómo sostener ese agujero en el discurso –ese lugar donde el amor, el sexo y la palabra no se recubren– frente a los intentos siempre renovados de colmar esa falta mediante un ideal de coherencia?

[1] Ségolène Royal es una alta funcionaria y política francesa; exministra para la Familia, la Infancia y las Personas Discapacitadas; exministra para la Enseñanza Escolar. Fue entrevistada en el programa C dans l'air, el 4 de noviembre de 2025 en Francia. El texto se basa en dicha entrevista, así como en su libro, Pero ¿quién va a cuidar a los niños?, publicado en 2025 por Fayard.