Entre los argonautas que pueblan el Canto XII de La Odisea, Butes –el boyero– es poco conocido. Su salto intempestivo al mar será tomado por Pascal Quignard1 para señalar en ese gesto una osadía particular, la de ser el único en lanzarse hacia lo radicalmente Otro, tras orillar con el navío la melodía irresistible de las mujeres-pájaro. Si Ulises se hizo sujetar al mástil para no desviar la travesía épica y el destino; si Orfeo se encargó de distraer el rapto con la cítara, apelando a su música y su métrica, su armonía ordenada y biensonante, Butes se sumergirá –sin más– en el resonanteprofundo,2 a riesgo de perderse. Ese riesgo le vale, a su vez, el rescate por parte de Afrodita, contingencia que lo aventura en la sensualidad y el amor.
Aquello que se goza,3 en su carácter inasible ¿está acaso en el detalle de lo que no logran atrapar los ocho versos de la melodía sirénica, donde no-todo en la voz presta su sustancia al superyó? ¿Está en ese contracanto que ex-siste, como instante intraducible, a la afición universal del lenguaje?
¿Está en la exploración del litoral, interregno,4 la voz del agua sobre la que nada Butes en su arrebato? ¿O tal vez en la pluma del propio Quignard? En su forma de estar en el lenguaje callándose,5 empujando la vacuidad corporal a la escritura, ensayando una y otra vez el intervalo, el silencio íntimo y secreto de la letra.
[1] Quignard, P., (1994) Butes, España, Narrativa Sexto Piso, 2011.
[2] Joyce, J., (1922) "Las sirenas", Ulises, Buenos Aires, Enrique S. Rueda Editores, 2002, p. 282.
[3] Lacan, J., (1972-1973) El Seminario, Libro 20, Aún, Buenos Aires, Paidós, p. 32.
[4] Mallarmé, S., Carta a Verlaine, 16 de noviembre de 1885, París.
[5] Quignard, P., "Posfacio de Carmen Pardo y Miguel Morey", óp. cit., p. 89.


