La noche de bodas fue muy agitada. Ella tenía menos de veinte años; él era bastante mayor. El fracaso estuvo a la orden del día: el matrimonio no fue consumado, el marido resultó ser impotente. Este fracaso sexual no fue sin consecuencias para ella.
Más de diez años después, Freud fue convocado para acudir en su auxilio.1 Para entonces, ya separada de su marido, prohibiéndose llevar a cabo el divorcio y obligada a permanecer casta, vivía retirada del mundo para evitar las tentaciones, siempre con el objetivo de no perjudicar la reputación de su esposo.
Freud se encuentra entonces con una mujer presa de una obsesión grave, bajo la modalidad de una acción compulsiva, que la obligaba a ejecutar los mismos gestos insensatos varias veces al día.
Freud relata que ella corría de su dormitorio a otro contiguo; allí se detenía junto a la mesa que se encontraba en el centro, llamaba a su doncella, le daba una orden cualquiera o bien la despedía sin darle ninguna. Luego regresaba al punto de partida. Este síntoma carente de sentido estimuló en Freud el "deseo de saber".
En un primer momento, la paciente se mostró reticente, respondiendo con un "No lo sé" a las preguntas relativas a: "¿Por qué hace eso? ¿Qué sentido tiene eso?". Sin embargo, Freud logró vencer la reticencia de la paciente, quien le habló del desgraciado incidente ocurrido la noche de bodas.
Durante esa noche, el marido impotente había corrido un número incalculable de veces de su habitación a la de ella con el fin de renovar su intento, sin lograrlo. Por la mañana, exasperado, confesó su vergüenza ante la doncella cuando esta hacía la cama, y tomó un frasco de tinta roja que se encontraba por azar en la habitación, vertiéndolo torpemente sobre la sábana, pero no en el lugar adecuado.
Freud no comprendía la relación entre este recuerdo de la noche de bodas y la acción compulsiva, salvo el hecho de correr incansablemente de una habitación a otra. Habría sido necesario que la paciente condujera a Freud hasta la mesa del segundo cuarto, mostrándole sobre el mantel individual una gran mancha. La paciente explicó entonces que llamaba a la doncella de tal manera que esta pudiera ver la mancha.
Este detalle proporcionó la prueba que permitió establecer un vínculo entre el fracaso del marido la noche de bodas y la acción compulsiva de la paciente.
La elucidación de este síntoma pone de manifiesto tres vertientes.
Por una parte, la identificación imaginaria de la paciente con su marido, quien, angustiado, repitió durante la noche de bodas los desplazamientos de una habitación a otra.
Por otra parte, sirviéndose de lo simbólico del sueño, Freud puede leer que la paciente sustituye la cama y la sábana por la mesa y el mantel individual. En este punto, Freud nos brinda una indicación preciosa relativa a la función del síntoma cuando expresa que, en este caso, "Mesa y cama, juntas, significan matrimonio, y entonces fácilmente una hace las veces de la otra".2 Dicho de otro modo, el significante mesa, al sustituirse al significante cama, resulta propicio para crear la ficción de una noche de bodas lograda.
Aún será necesario que esta astucia propuesta por el inconsciente, en su imbricación con el síntoma, se anude a la función de la mirada, encarnada por la mancha. Esta, bajo la forma de la mancha de tinta que se da a ver, denota el logro fálico del marido, velando su fracaso y haciendo creer en la relación sexual que no hay.
El objeto a, aquí la mirada, viene a colmar la falla del significante que falta en el Otro, agujero de la no-escritura de la relación sexual en los hablantes, correlativa a la imposibilidad de escribir el significante de La mujer, que no existe.
En este sentido, el síntoma tendrá la función de una suplencia, no cesando de escribirse en el lugar de aquello que no cesa de no escribirse en los hablantes, en tanto ley que rige la relación entre los sexos.
La paciente vuelve a poner en escena la noche de bodas, corrigiéndola –afirma Freud–, asegurando ante la doncella el éxito totalmente fálico del hombre, mientras que, en la iteración de la acción compulsiva, su propio cuerpo goza del Uno imperativo encarnado por el síntoma.
[1] Freud, S., (1917 [1916-17]) "17ª conferencia. El sentido de los síntomas", Obras completas, Tomo XVI, Buenos Aires, Amorrortu, 1975, pp. 239-241.
[2] Ibíd., p. 240.


