Esa tarde Raúl la escuchó cantar una bella romanza.1 La voz de la "divina Margarita" –sus padres amaban a Goethe– sonaba distinta al evocar el placer de la rana cuando la cubre un aguacero, parecido, según la canción, al que se despierta en el bosque cuando la lluvia lava su cara. Un ligero temblor precedió a la idea que acabó por imponerse; ella, Margarita, no pertenecería jamás a otro hombre. La punzante inquietud de los celos asomó entonces, fisurando el tácito acuerdo que comandaba sus abrazos en la alcoba desde que, cinco meses antes, hubieran firmado, enamorados, su matrimonio. Luego de vituperarse e insultarse con violencia, "por un sí, por un no", cualquier razón era buena, y cual endemoniado prólogo, sucedía el ardiente encuentro, en una secuencia que parecía escribir la relación entre ellos.
Aún no era posible distinguir si se trataba de celos normales, proyectados o delirantes,2 pero la noche siguiente, en el Teatro La Bodiniére, al que asistieron para disfrutar de la puesta en escena de "La infiel" de Porto-Riche y, seguramente, perturbado por el dulce veneno de la intriga, Raúl apuntó hacia un tercero, Étienne Grosclaude, destacado ilustrador y periodista, profiriendo un amargo gruñido: "Me dices cuando hayas acabado de mirarle". Ella, entretenida como estaba, intentando escuchar la animada conversación que, en el palco de al lado, un apuesto neurólogo vienés mantenía con Yvette Guilbert pudo espetarle, tranquilamente, que cuando él acabara de fisgar a la gran actriz Marguerite Moreno, le pasara, por favor, el catalejo.
Imbuida del renovado encanto que le conferían los celos, de vuelta a casa, Margarita se dedicó a pinchar el amor propio de Raúl, preludio de una ácida disputa en la que se enzarzaron cual gatos furibundos y cuya deriva prometía lo peor. Ella intentó huir, él la persiguió, amenazante, pero "el rayo genial de la suprema angustia" impulsó a Margarita a dar la vuelta y arrojarse en los brazos de Raúl implorando su protección.
En el interín de esos convulsos días recibieron cada uno –por separado– una carta anónima en la que se les prometía una feliz y amorosa reconciliación si acudían al "baile de los Incoherentes", en el Moulin-Rouge: él disfrazado de Templario, ella de Góndola, alertados ambos del disfraz del otro. Capturados por la promesa de la feliz coartada, los dos encontraron buenas excusas para ausentarse esa noche que los Ecos del Diablo cojo fueron unánimes en valorar como una velada extraordinaria. A las tres de la madrugada el Templario le propuso a Góndola retirarse un momento al chalet de la montaña, un reservado destinado a una mayor intimidad donde comer algo. Ella se aferró al brazo ofrecido sin vacilar. Al cerrar la puerta con el pestillo y mediante un rápido movimiento él se quitó el casco y le arrancó el antifaz a ella. "Estupor: él no era Raúl, ella no era Margarita".3
Ambos aprendieron una lección con esa desventura que dio fin a las disputas y allanó el camino de la pareja a la felicidad.
Freud, advertido de las dificultades que impone la ausencia de relación entre los sexos, otorgaba un valor crucial a la labor colectiva que aportan las invenciones sociales porque, entre otros beneficios para aliviar ese hueco, ofrecen un contexto a los celos que califica de "normales o concurrentes", un afecto que enciende la chispa del deseo al convertir la "inevitable inclinación a la infidelidad" en un juego, en un coqueteo o cortejo que puede, incluso, "volverla inofensiva".
[1] Allais, A., Un drame bien parisien, Cairn.info, en línea. [Traducción de la autora].
[2] Freud, S., (1922 [1921]) "Sobre algunos mecanismos neuróticos en los celos, la paranoia y la homosexualidad", Obras completas, Tomo XVIII, Buenos Aires, Amorrortu, Biblioteca Nueva. Madrid. 1992, p. 217.
[3] Cf. Lacan, J., En los confines del seminario, Buenos Aires, Paidós, 2022.


