El año pasado, en relación con el tema de la XXII Conferencia SLPcf sobre "Rupturas amorosas", escuché por casualidad una pieza de Ennio Morricone: The crisis. La canción gira en torno a una peculiaridad: una nota desentonada que, sin cambios, se repite disonante del arreglo orquestal.
A medida que pasan los minutos, "la desentonada" se vuelve menos perturbadora y estridente, hasta volverse más audible, sin embargo, sigue siendo discordante con el fondo; es allí cuando concluye la pieza, sola, destacándose en el silencio.
The crisis tiene el mérito de transmitir, en su estructura, la imposible concordancia con el Otro, que la singularidad convoca para cada uno y que en el amor siempre está algo velada.
Una singularidad que reposa en un vacío de significación, que la música logra expresar sin palabras: del no hay relación sexual suena el hay solo, en una desarmonía irremediable. La lógica de la sexuación encuentra aquí su fundamento, a saber, la relación con el lenguaje, que determina el propio sexo y el Otro sexo: la función fálica del lenguaje y la alteridad del goce que le es suplementario.
La discordancia1 es la alteridad, el no-todo propio de todo ser hablante, suplementario a la orquesta del Otro del lenguaje.
La música tiene el valor de dejar claro que esto no tiene nada que ver con el sentido ni el significado, sino con el estilo de goce del cuerpo, con algo que nos resulta extraño; con esa singular nota desentonada y discordante que, en la experiencia analítica, gracias al amor de la transferencia y a su κρίσις –en griego: separación, disolución–, puede pasar de ser insoportable, a una invención única, haciendo de lo real de cada uno algo inédito que se hace obra.

[1] Lacan, J., (1971-1972) El Seminario, Libro 19, …o peor, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 22.

Comparte este artículo en las siguientes plataformas