Intentar escribir sobre música es como querer bailar sobre arquitectura. Lo imposible de la relación aparece de inmediato y solo por una impostura –¿o tal vez solo por amor?– podría querer remediarse esta relación imposible.
La única manera de decir música –y no de decir La música, que no existe– es tocando un instrumento, cualquier instrumento: un par de piedras golpeadas en el desierto de Gobi, una orquesta sinfónica en el Wiener Staatsoper, un trío de jazz en el Blue Note de Nueva York.
De hecho, solo una música puede llegar a decir algo sobre sí misma. Y una música no puede decir nada distinto que no sea algo de sí misma. Todas las tentativas de componer una pieza musical descriptiva de una realidad distinta terminan en el ridículo, son siempre un abuso de lenguaje.
Lo que quiere decir: una música no quiere decir nada, no tiene ninguna significación, en el sentido lingüístico del término. Entonces: "la música no es una lengua" (Iannis Xenakis). O también: "la música es un arte no significante" (Pierre Boulez).
Y, sin embargo, qué densidad de sentido tan singular puede alcanzar lo que llamamos una "frase musical" (otro abuso de lenguaje). Hay días enteros que pueden resumirse en el efecto que produce sobre el cuerpo una simple secuencia de sonidos: do-la, en el inicio del adagietto de la Quinta Sinfonía de Gustav Mahler; sol-re-do-sol-la, en el inicio del concierto improvisado de Keith Jarrett el 24 de enero de 1975 en Colonia.
Hace falta para ello saber hacer algo muy especial con la fuerza constante de la pulsión: un latido, un corte, un movimiento pulsátil que interrumpa esa fuerza constante para hacer vibrar el cuerpo de otra manera.
Entonces: una música es un nudo hecho de sonido y tiempo, un nudo que enlaza el objeto en cuestión –la voz, silenciosa por esencia, á-fona, decía Lacan– con el sentido de un goce ignorado.
Y es un nudo que puede cambiar una vida.
Como decía nuestro admirado colega, Serge Cottet: "los lacanianos deberían ser sensibles a la música de nuestro tiempo".


