Diría que sí,
que el amor sigue siendo una suplencia privilegiada de la no relación.
Respondo a la pregunta de Christiane Alberti durante la "Velada de la AMP" al inaugurar el trabajo en dirección al Congreso "No hay relación sexual".
Ser amada.
Ser amado.
Quizá más que amar.
Lo que complica la metáfora del amor…
Pero el amor –aun en tiempos de los Unos solos– es el tema que más insiste en los analizantes.
Con rasgos singulares en la época del frenesí de las redes.
"Me reaccionó", refiriéndose al emoticón recibido sobre un story.
"Ni me la miró".
"Me miró"…, la story.
Me quiere, mucho, poquito, nada…
La esperanza de que el último pétalo revele si el amor es correspondido.
¿El deseo de hacer pareja, sigue siendo actual?
Respondo con Envidiosa.
Una serie argentina.
Arrasó.
En su primera semana al aire alcanzó más de 2,3 millones de visualizaciones.
Se posicionó entre las cinco series más vistas de Netflix.
Vicky es la protagonista.
Una mujer de casi 40 años, en crisis tras una ruptura amorosa.
Su pareja de toda la vida, la deja.
Y la deja luego del ultimátum.
Vicky le dice: "o nos casamos o terminamos".
Ni la pareja abierta ni el poliamor,
una demanda de casamiento.
¿Prueba inequívoca del amor?
Es impactante que, en tiempos del poliamor, la pareja abierta, el amor líquido, Envidiosa
es la serie que más han traído a los consultorios, objeto de identificación, "soy Vicky", decía una analizante.
Una historia que nos reencuentra con los dolores clásicos del amor.
Cortocircuitos y desencuentros.
Finalmente "me quiere mucho, poquito, nada".
Vicky quiere encontrar pareja.
Las amigas tienen marido, hijos, dinero…
Vicky va a la analista, se queja de que ella no tiene lo que las otras tienen en abundancia.
Me pregunto: si el amor viene a suplir la no relación sexual, ¿podemos decir que es equivalente la pareja en esa suplencia?
¿Hacer una pareja es suplir por el amor?
Éric Zuliani sostiene que, en la época posvictoriana de Freud, para hacer existir la relación sexual estaban la tradición y las prohibiciones, lo que Freud llamó: "una moral sexual civilizada", cuyo eje era el matrimonio.
Y aquí propone una reflexión: tal vez haya que distinguir entre hacer existir la relación sexual y suplir la relación sexual.
Pienso que el consumo contemporáneo de partenaires, de objetos disfrazados de algún género, son rápidamente descartados porque en la app hay tantas opciones que tientan al consumidor a nuevas experiencias.
Vienen más bien a hacer existir la relación sexual, sin dividirse, sin pasar por la castración.
La pareja abierta, que no es lo mismo que el poliamor, tiene como condición que el amor quede por fuera, que el sujeto se las arregle para quedar blindado de los afectos. Y si sucede… es la catástrofe, se rompió el contrato.
Recordemos a "Kant con Sade", donde Lacan sitúa cómo la sociedad del contrato empuja al cinismo del goce.
La exigencia del blindaje frente a los afectos involucra también al lazo que toca al amor con la curiosidad, con el deseo de saber del otro.
Nada más vecino del amor que la curiosidad.
Pero eso hoy tiene un nombre: "tóxico", "tóxica".
"Las parejas tóxicas".
Las redes hoy ofrecen una facilidad espectacular para stalkear a quien te interesa, a quien te desvela, al amado…
Pero el stalker es denunciado como tóxico.
Por un lado, encontramos la banalización del amor,
"te amo", "te amo", corazones en un arco iris de colores,
a todo el mundo…
Pero…, paradójicamente, cuando finalmente se produce el encuentro entre A y B, que no se note… que me faltás, que me produjo algo en el cuerpo, que caí bajo la vergüenza al mirarte.
Es decir, lo insoportable del efecto de feminización correlativo del amor.1
Las apps de citas favorecen más encuentros.
Con la ilusión que se podría elegir más eficazmente con quién formar pareja.
Pero fracasa.
La pareja no es programable.
Siempre hay un gran misterio en torno a las elecciones de pareja.
Aun cuando el interesado coloque la lista de atributos que su ideal despliega.
Nada de eso funciona ya que no tenemos la menor idea que quizá solo se trataba del brillo en la nariz, del rodete de Mme Bovary, montada a caballo vestida de hombre, la mirada de Beatriz, o la muchacha agachada frotando el piso.
"Pues no hay allí más que encuentro, encuentro, en la pareja, de los síntomas, de los afectos, de todo cuanto en cada quien marca la huella de su exilio, no como sujeto sino como hablante, de su exilio de la relación sexual".2
Para decirlo claramente, es el goce el que elige.
[1] Miller, J.-A., "Amamos a aquel que responde a nuestra pregunta: ¿Qué soy yo?", Revista Registros, Tomo Blanco Amor, 2009, p. 16.
[2] Lacan, J., (1972-1973) El Seminario, Libro 20, Aún, Buenos Aires, Paidós, 1989, p. 175.


