"Antes del anochecer"1 es el tercer y último film de una trilogía enlazada por un hilo que hace de la palabra una paradojal oda sobre los asuntos del amor en la comedia de los sexos.
Céline y Jesse están en un cuarto de hotel en Grecia. Las llamas del goce de cada uno no los encuentran tan a solas. Se preludian con palabras de amor, allí donde el cuerpo aún no es alcanzado.
Ella camina hacia una ventana y descorre el cortinado que la cubre. Un suspiro cargado de lamento cae cual rayo quebrando el silencio. Es la voz de la madre que la habita quien habla: "echo de menos a las niñas"; Jesse subraya que él "no", y camina en línea recta hacia la cornisa de sus pechos. La toma de la mano y en la ladera del lecho en espera, le hace saber que "la única vista" que le interesa está en ese pedacito de ella, en tanto objeto.
Tendido sobre el cuerpo de su mujer, los labios de Jesse acarician su blanca desnudez tejiendo así la ilusión de una plena cercanía y aislamiento en esa intimidad, hasta que ella se detiene diciendo: "Hasta ahora no me había dado cuenta, ya no tienes la barba rojiza, era una de las cosas que me volvían loca de ti".
La "barba rojiza" opera como un signo del goce que cae y pierde su función de sostén del deseo en Céline. Ella se desengancha entonces del fantasma de él, poniendo sobre el tapete que entre un hombre y una mujer no hay tal chalet de montaña.2 La emergencia del recuerdo del rojizo que hay en las pestañas de sus hijas, la conmina a gozar de la privación, eso que debe faltar ahí para condescender al goce con un hombre, viene a recordarnos que "entre el hombre y la mujer está el síntoma".3
La repetición revela el ritmo del fantasma de Céline: "Me apetece tanto que me parece que no voy a dormir… follar, dormir, despertar otra vez, follar", expresa.
La irrupción de un llamado telefónico la vuelve a capturar como madre. Sale corriendo exclamando: "¡espero que las niñas estén bien!".
De vuelta en la cama, una discusión enciende el infierno fálico. No se trata del instinto maternal que Céline alega, sino de la falta estructural que vuelve antinatural el encuentro entre esos dos que no hacen uno, índice la no relación sexual.
Es entonces que salen de la cama. Se sientan en un sofá. Sube la tensión. Hablan y hablan. Quedan atrapados en un tornado de palabras que, a través de la historia, la significación, los fantasmas, intenta suturar el agujero creyendo que puede haber diálogo entre un sexo y el otro y no es más que "una sucia mescolanza".4
Céline le recuerda a Jesse que antes "las mujeres deambulan eternamente en el vasto jardín del sacrificio", agregando con énfasis: "¡se acabó!". Ella intenta fantasmáticamente, asegurar su autonomía de goce, no cediendo al guion de Jesse. Pero él insiste y cree poder arribar a una conversación calmada y racional. Le pregunta a Céline si realmente ella se escucha cuando habla y extenuado la define como la "reina de las locas", instante de su vacilación fantasmática, exclamando: "¡mierda!".
Así, un decir de Céline, dicho con gracia y lucidez, nos revela que no hay chalet de montaña ni cuarto de hotel ni escenario griego que impida lo esencial y es que, entre un hombre y una mujer hay, inevitablemente: "¡Oh, bla, bla, bla!".
[1] Before Midnight (2013), película dirigida por Richard Linklater.
[2] Lacan, J., (1967-1968) El Seminario, Libro 15, El acto psicoanalítico, Buenos Aires, Paidós, 2026, p. 222. De próxima aparición.
[3] Miller, J.-A., (1997-1998) El partenaire-síntoma, Buenos Aires, Paidós, 2011, p. 408.
[4] Lacan, J., (1973-1974) Seminario 21, "Les non dupes errent", clase del 15 de enero de 1974, inédito.


