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¿Qué pasaría si un sádico se encontrara con un masoquista en un chalet de montaña? Según un viejo chiste, el masoquista le pediría al sádico que le pegara, pero el sádico respondería: "no quiero". Se trata, a menudo, de dos posiciones de goce que pueden intervenir en las lógicas de la vida amorosa y en la erótica del encuentro sexual, dando lugar a satisfacciones fantasmáticas.
En el objeto a es donde se refugia el goce que no pertenece al principio de placer, y cada partenaire necesita del cuerpo del otro para alojarlo y, aunque los goces se entrecrucen, no hay, sin embargo, comunicación entre ambos.1

Sádicos y masoquistas

En la neurosis el masoquismo –como toda otra perversión– está albergado en el fantasma y no implica una puesta en escena como en la perversión, donde el fantasma se presenta solamente en su vertiente sexual.
Si bien el sádico eleva el goce al absoluto, necesita un soporte para su goce.2 Sade crea entonces la figura de un Dios para encarnarlo y se hace instrumento de su goce. Sin saberlo, goza como masoquista. El masoquista encarna la identificación al objeto rechazado: menos que nada, menos que un animal que se maltrata, un sujeto que ha abandonado todos los privilegios. El "masoquismo moral" es la aspiración del sujeto: "Se lo trata como a un perro […], como a un perro ya maltratado". Un objeto que se vende, que se intercambia.3

La Venus de las pieles

Severino conoce a Wanda –sublime como la diosa Venus– y se entrega a ella en cuerpo y alma, haciéndole firmar un contrato según el cual las torturas irán aumentando con el tiempo, hasta que él no tenga más margen de maniobra. La mujer, por amor, se presta aquí a encarnar el fantasma del hombre y lo transforma en un doméstico de baja calaña. Supera las expectativas de Severino, alojándolo en habitaciones destinadas a la servidumbre, sin calefacción, con solo un trozo de pan duro. La tortura física se vuelve psicológica: Wanda le dice que ya no lo ama. El masoquismo se dobla también de fetichismo: las pieles son necesarias para la puesta en escena.
Sin embargo, Wanda no logra alojar su goce en estas prácticas y se enamora de un hombre "de verdad" a quien propone fustigar a Severino. Ser maltratado por otro hombre le es insoportable. Rebajado como un perro, sí, pero castrado por otro, no. No nos engañemos: el goce masoquista es el goce puro, pero desarrimado del cuerpo femenino, como lo demuestra la novela.

¿Pareja o des-pareja?

Si bien en estas dos posiciones cada uno es el soporte del goce del otro, el sadismo no es el reverso del masoquismo. Siguiendo a Deleuze,4 citado por Lacan, constatamos incompatibilidades precisas de esta "pareja". Para el sádico, la víctima no debe gozar de los maltratos: el forzamiento es lo que le provoca la satisfacción. Para el masoquista, que el verdugo "sepa" cómo hacerlo sufrir, no es tampoco condición de goce: el masoquista quiere formar a su propio verdugo.
Incauto en su maniobra, el sádico se hace objeto del Otro y se vuelve masoquista. A este, en cambio, el Otro le es indiferente, siempre y cuando un partenaire se preste al juego. El encuentro de un sádico con un masoquista en un chalet de montaña probaría una vez más que no hay relación sexual.

[1] Lacan, J., (1966-1967) El Seminario, Libro 14, La lógica del fantasma, Buenos Aires, Paidós, 2023, pp. 328-329.
[2] Ibíd., p. 331.
[3] Lacan, J., (1958-1959) El Seminario, Libro 6, El deseo y su interpretación, Buenos Aires, Paidós, 2014, pp.142-143.
[4] Deleuze, G., Presentación de Sacher-Masoch. Lo frío y lo cruel, Buenos Aires, Amorrortu, 2001.