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A riesgo de sonar demodé, diría que alguna moral anda circulando. Todo debe ser "comunicado asertivamente": si se busca una relación o no, bajo qué términos y condiciones, si se querrán hijos, si se está para ir a un cumpleaños familiar o si todo eso es un montón. Disfrazado de "responsabilidad afectiva", el comunicado de que por alguna razón la relación no prosperará se hace pasar por un rechazo que no rechaza.
Todos intentos de resarcir la estereotipia, la violencia y la sumisión que por tanto tiempo testimoniaron sobre el "no hay relación sexual". Esto habría quedado atrás. Hoy se pone en palabras, respetuosamente se debate y las luchas se comparten; la bandera de esta nueva moral se izó hace rato.
Sin embargo, a pesar de las buenas intenciones, la amenaza de derrumbe del encuentro entre los sexos es inmuteable, y los vínculos de amor se rebajan a "un cómodo juego sin riesgos ni participación anímica".1 Son tantas las áreas sobre las que se nos impone pronunciarnos con honestidad y claridad, que es cada vez más engorroso sostener aquella bandera.
Frente a la moral sexual victoriana, además de la neurosis, se abría la doble moral como un "fragmento de libertad sexual" para que el varón pudiera responder al reclamo cultural del matrimonio. Para Freud esta era "la mejor confesión de que la propia sociedad que ha promulgado los preceptos no los cree viables".2 Me pregunto cuál es la doble moral, de esta moral responsable y comunicativa, cuáles serán nuestras confesiones.
Pienso en el funar –también "cancelar"– como nuestro "fragmento de libertad", una zona liberada donde se hace la vista gorda y la segregación tiene vía libre. Llama mi atención cómo la exposición, la clasificación y la violencia, caen sobre la cabeza de alguno de manera cada vez más afilada en las pantallas. Y todavía algo más. Sin miedo a la contradicción, es en esta zona liberada que se iza aquella bandera todos los días.
Que se tenga la potestad de funar a alguien –en mapuche, pudrir– confiesa lo fallido de la moral de la responsabilidad afectiva. Pero, sobre todo, confiesa ser su piedra fundamental: separado de un resto funado, hace existir un todo de consenso. De ahí la paradójica pero necesaria convivencia entre esta moral y lo que se deja entrar en estado de putrefacción.
Probablemente sea demasiado tarde, y seguro funable, pero creo que vale la pena preguntarnos que más confiesa nuestra moral.

[1] Freud, S., (1908) "La moral sexual «cultural» y la nerviosidad moderna", Obras completas, Tomo IX, Buenos Aires, Amorrortu, 1992, p. 179.
[2] Ibíd., p. 174.