La relación entre música y locura en Schumann se expresa en un lenguaje compositivo único y singular: fragmentario, rapsódico, construido sobre discontinuidades, desfases, superposiciones, aproximaciones inesperadas. Es una música que se aleja radicalmente de la linealidad y del equilibrio de la gran narración clásica, como la de Beethoven o Schubert, y se inserta en un contexto histórico en el que también la literatura y la filosofía –basta pensar en Goethe o en Hegel– comienzan a abandonar los modelos expresivos del pasado. Sin embargo, no se trata solo de un giro de estilo o de un simple cambio estético: en la música de Schumann se percibe una fractura más profunda, una transformación de la relación con el sentido, con la subjetividad y con el orden simbólico.

Si comparamos su expresión musical con la de Chopin, su gran coetáneo, aparece una diferencia radical: Chopin construye un universo sonoro casi hipnótico, que gira en torno a una carencia, evocando el deseo, la nostalgia, una melancolía velada por lo que se ha perdido o nunca se tuvo. Su música nos envuelve, nos conduce, nos acompaña con dulzura. La de Schumann, en cambio, al menos para la parte pianística, es más inquieta y más fragmentada, no narrativa. Crea un mundo hipersaturado, desbordante de presencias, de tensiones internas, de detalles desfamiliarizantes. No gira en torno a lo que falta, sino alrededor de lo que rebosa, que excede, que desorienta.

Schumann amaba a autores como Hoffmann y Richter, en los que sentía vibrar ese destello demoníaco y perturbador que también encontramos en su música. Sus piezas parecen tocar el límite en el que la tensión es llevada al extremo, haciendo aflorar detalles repentinos que desestabilizan al oyente, rompiendo todo equilibrio. El mito de Ero y Leandro –evocado en la canción In der Nacht– se vuelve emblemático: la luz se apaga, Leandro se ahoga en las olas. Así también Clara, que durante años había sido el faro del deseo de Schumann, cuando su falta se colma, se convierte en exceso, plenitud insostenible. Entonces la luz se apaga realmente; comienza para Schumann un lento e inexorable descenso a la oscuridad, un naufragio silencioso en la locura, un deslizamiento sin retorno hacia las aguas heladas del Rin en las que el compositor se ha lanzado.

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