Los primeros días de noviembre de 2025 apareció una noticia que suscitó diversas respuestas: un chatbot dispuesto a ofrecer intercambios eróticos a quienes acreditaran ser adultos. Ese movimiento, sin embargo, dejó pasar algo más silencioso: el partenaire dejaba de ser un cuerpo para quedar reducido a un objeto entre otros, inmediatamente disponible.
El anuncio generó reacciones diversas –entre celebraciones apresuradas y advertencias no menos ruidosas–: estos artefactos que prometen alivio inmediato aseguran simplificar allí donde el deseo se enreda. La escena erótica se vuelve procedimiento. El fantasma, lista desplegable. La intimidad, una estadística que pretende anticiparlo todo. Se trata de obtener lo pedido sin resto, sin tropiezos y sin aquello que volvía al encuentro una apuesta más incierta que eficiente.
Pero el deseo nunca pidió tanta docilidad. Siempre dejó un borde, un desvío, un malentendido imposible de programar. ¿Qué ocurre cuando ese borde desaparece? La oferta del aparato es impecable, pero su propia impecabilidad inquieta: nada falla, nada escapa, nada interrumpe. Todo parece dispuesto para que nada del partenaire nos roce demasiado, ni siquiera aquello que podría incomodar o sorprender, como si el malentendido hubiese sido retirado de escena.
Y surge entonces un Otro demasiado bien educado para producir un encuentro. En su disponibilidad total, deja ver lo que falta: un cuerpo, una presencia, un silencio sin instrucciones. También una zona opaca, aquello que en el lazo nunca termina de ajustarse y que, justamente por eso, sostiene el deseo. El andamiaje del confort erosiona ese punto ciego donde algo del sujeto aún se jugaba sin garantías.
Tal vez la novedad no esté en el artificio, sino en el modo en que nos entregamos a él. La comodidad tiene un precio: dejar a un costado aquello que, en nosotros, no se deja conducir ni acomodar. Lo que no coincide, lo que no entra, lo que no funciona. Quizá por eso la promesa del erotismo a demanda resulta tan tentadora como frágil: hace creer que se puede vivir sin ese resto que desborda la voluntad de control, sin ese pedazo indócil que, al no encajar, abría la posibilidad misma del encuentro.
La pregunta queda abierta: cuando el partenaire se reduce a una función sin cuerpo, ¿qué queda del deseo que avanzaba gracias a ese intersticio que ningún algoritmo puede cerrar?


