La música pone en aprietos al psicoanálisis como un oso a una ballena. La interpretación de la que se trata en la música carece de sentido. Por eso, si no nos circunscribimos a la cifra, es decir, a la cuerda, escribir sobre música equivale a llenar la ausencia de lo simbólico con el delirio. Dos puntos, entonces: la cuerda y el agujero en el lenguaje.
¿La cuerda? Es el origen de la música como cifrado. Pitágoras fue el primero en descubrir, gracias a un monocordio, las relaciones numéricas que gobiernan la ciencia de la acústica. El agujero es una roca estructural, insuperable, para quien se orienta por la ética del psicoanálisis.
La ciencia antigua, mediante la armonía de las esferas, intentaba llenar el vacío con una apuesta. Lacan lo recuerda así: "Toda la ciencia llamada antigua consiste en apostar a que un día los lugares donde no hay cuenta se reducirán, ante los ojos del sabio, a los intervalos constitutivos de una armonía musical".1
Esta apuesta antigua y medieval, en la que lo simbólico se adapta a lo real, es opuesta a la de la ciencia moderna. Su aparición tiene lugar en el siglo XVII y convierte al agujero en el lenguaje, en un factor lógico, "aquello que no engaña", que para Lacan es el "acto de fe"2 de la ciencia experimental.
En la música, Jean-Philippe Rameau formaliza la genial invención de la armonía tonal tal y como se estudia aún hoy en día. Este sistema, que él pretendía "natural"iii por estar basado en la división física de la cuerda, hace de la música un aparato simbólico para todos, capaz de autonomía en cuanto al lenguaje, capaz, por lo tanto, de velar el horror del malentendido original.
La música de los siglos XX y XXI, que se ha liberado de la era tonal, sitúa la no-relación en el origen de su escritura: cada compositor elabora su propia solución, reduciendo la noción misma de sistema a una invención precaria, en constante renovación.
Esta invención tampoco carece de cuerda, una "cuer(p)-da",4 consistente en la que se teje, una cifra simbólica singular al servicio de la resonancia, que recuerda al nudo borromeo.
Así, para Lacan, la cuerda se convierte en "el síntoma de aquello en lo que consiste lo simbólico".5
Y si la música es el síntoma del psicoanálisis, como propone Marie-Hélène Brousse,6 es porque, según Lacan, no hay relación sexual.
[1] Lacan, J., (1968-1969) El Seminario, Libro 18, De un Otro al otro, Buenos Aires, Paidós, 2008, p. 270.
[2] Lacan, J., (1955-1956) El Seminario, Libro 3, Las psicosis, Buenos Aires, Paidós, 1981, p. 96.
[3] Cf. Rameau J.-P., Traité de l'harmonie réduite à ses principes naturels, Paris, J.-B.-C. Ballard, 1722.
[4] Lacan, J., (1976-1977) Seminario 24 «L'insu que sait de l'une bévue s'aile à mourre», lección del 15 de febrero de 1977, inédito.
[5] Lacan, J., (1974-1975) Seminario 22 "R.S.I.", lección del 21 de enero de 1975, Ornicar ? n.° 3, mayo 1975, p. 104. [La traducción es nuestra]
[6] Cf. Brousse, M.-H., "Le son et la note, pas sans la voix", La Cause du désir, número especial, edición digital, 2016, p. 4.


