El impacto visceral de la banda sonora de la película Sirāt, del español Oliver Laxe, se impone. La película comienza y la textura sonora del compositor satura inmediatamente el campo visual. El espectador –ante todo un oyente– queda atónito frente al volumen del sound system, de una fiesta rave. Reverberado por la aridez de los acantilados del Atlas, una montaña de altavoces sacude los cuerpos de los bailarines. El ritmo y los sonidos graves se imprimen en la multitud. Es difícil no ver materializarse un superyó obsceno en los altavoces, apilados unos sobre otros, que escupen los graves retumbando en la inmensidad del desierto. Esta pared sonora marca el tono de toda la película. Los ravers1 aturdidos, bailan, palpitan, no hablan. Bailan por la mañana, por la tarde, por la noche, durante el día. Se estremecen al oír el sonido casi marcial de las pulsaciones rítmicas de la música electrónica de David Letellier –alias Kangding Ray–, autor de la banda sonora de la película.
Aquí, los sucesos no son acontecimientos, ni siquiera los más terribles. La prosodia del lenguaje es más importante que los diálogos, ya que estos son escasos y su contenido es insignificante. La historia de la película es menos importante que la deslumbrante e inquietante resonancia de la banda sonora tecno que, pulsante y alucinatoriamente, acompaña a los protagonistas abollados por las drogas psicodélicas. Cuando se alejan en sus camiones al ritmo de las vibraciones de la carretera, uno casi se olvida –ellos también, por cierto– por qué se pusieron en marcha. Lo que se escucha es el avance vacilante, como una especie de polifonía vertiginosa y pesada, y no el entramado de la historia.
Esta película sonora ilustra con brío, pero no sin espanto, cómo la construcción social reducida a una comunidad seudo-fraterna de ravers gozantes ya no vela al Uno que goza solo. Esta vida gobernada por la adicción adquiere entonces un cariz verdaderamente apocalíptico, y el potente universo sonoro refleja la sensación de vacío y errancia que se deriva de ella.
Estos travellers de la arena son "comandado(s) por un plus de gozar que se presenta bajo su aspecto más ansiógeno",2 lo que el director filma en su materialidad sonora hasta lo insoportable del baile "a la parrilla".3
Aquí, nada de "no hay relación sexual".4 Solo queda una sonoridad del abismo que no es ni desafinado ni afinado, salvo en el cuerpo de cada uno de estos Unos-solos.

Traducción: Catery Tato.

[1] Tefeurs, es en argot "fiesteros" –viene de fête, fêteurs, al revés–. En este texto se lo traduce como ravers por ser la forma lingüística aceptada en lengua castellana para los que concurren a las fiestas raves.
[2] Miller, J.-A., (2004) "Una fantasía", Conferencia de Jacques-Alain Miller en Comandatuba. Disponible en:
https://congresamp.com/blog/una-fantasia/
[3] Cf. Lacan, J., (1969-1970) El Seminario, Libro 17, El reverso del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 2008, p. 77.
[4] Lacan, J., (1977-1978) Seminario 25, "Momento de concluir", clase del 11 abril de 1978, inédito.

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